Quizá una de mis frases favoritas es que la tecnología no es asunto de fe, para que creamos o no en ella. Está aquí, la vivimos y convivimos con ella a diario, aunque no tengamos la más mínima intención de hacerlo. Tenemos un teléfono celular cerca, nuestra televisión tiene muy seguramente un cerebro electrónico, quizá nuestra cafetera, despertador, el automóvil o al menos el torniquete del transporte público tienen computadoras integradas que hacen posible su labor.

Es obvio que este mundo esta inmerso en la tecnología. Hablamos de los elementos de la vida cotidiana que ineludiblemente tienen avances tecnológicos que hacen evidentemente mejor su desempeño si comparamos los dispositivos de hoy con los de hace algunos años. Y sin embargo aún encuentro a quien dice que “no le gusta la tecnología”, o que “prefiere estar lejos de la tecnología” o como indicaba en el inicio “que no cree en la tecnología”. Esto, aquí y ahora, es casi imposible. Pensaría que si uno se va a la zona más despoblada del bosque, a la mitad de un desierto inhóspito o en el centro del Océano Pacífico estará lejos de los dispositivos tecnológicos, pero lo más seguro es que aún así uno esté rodeado por millones de frecuencias por donde transitan ondas electromagnéticas que llevan mensajes de un lado a otro o bien al menos hay decenas de satélites artificiales que están o bien retransmitiendo dichas señales o esperan una llamada para triangular la posición geográfica o toman fotografías continuamente con varios fines.

Con este panorama digo que el Gobierno electrónico ha muerto. La paradoja es evidente, debería ser que hoy está más vivo, e incluso apenas en su infancia, pero no. Y es que el problema de la concepción misma de Gobierno Electrónico es “el uso de las Tecnologías de la Información y Comunicaciones para eficientar los procesos” propios del gobierno y dar un mejor servicio al ciudadano.

Pensemos un momento. Esta definición y el concepto mismo hablan de lo que sería una excepción, de un mundo donde era posible no usar las TIC, y el caso es que hoy, por fuerza, todas las organizaciones hacen uso de las tecnologías para procesar al menos alguna parte de su gestión, incluso a pesar de las resistencias de muchas personas dentro de las administraciones públicas.

El adjetivo “electrónico” para calificar al gobierno se hizo popular, al menos en América, en 1998, cuando los Estados Unidos de América se inició con la eliminación de formas en papel y el aprovechamiento del naciente Internet, y sin embargo el uso de las TIC en el gobierno se remonta al mismo nacimiento de las tecnologías, pues mucho del impulso al desarrollo tecnológico se debe al uso que el gobierno hizo de la tecnología: la computadora de Hollerit para el censo de 1890 de los Estados Unidos, o bien Arpanet, red militar como origen de Internet. Sin contar tan lejos, hablamos que de 1998 al día de hoy han pasado 17 años y una camino que nos ha llevado de procesadores a 333 MHz (Pentium II) a cerebros con hasta 16 núcleos a 3.5 Ghz.

Con el panorama anterior es obvio que hasta la unidad más pequeña de cualquier gobierno está “eficientada por el uso de las TIC”. A pesar que que en muchas ocasiones como usuarios decimos que el gobierno no innova o se moderniza, los esfuerzos por hacer la labor gubernamental más ágil son constantes. No hay gobierno que no se haya vuelto electrónico, que no haya incorporado un procesamiento digital a sus actividades, y esto hace que cualquiera pueda definirse como “Gobierno Electrónico”. Entonces, si todos son “electrónicos” qué puede diferenciar a unos de otros, porque habrá que reconocer que tener una computadora hace más eficiente un proceso, una parte, una tarea, pero no eficiente a todo el gobierno, ni siquiera a una oficina.

Entonces la definición está equivocada, o se quedó muy corta para la realidad que vivimos. Usar las TIC para hacer más eficiente al gobierno es algo que se hace incluso sin pretenderlo. El reto real es generar un cambio en todo el gobierno o al menos en una parte importante del mismo, que genere impacto al ciudadano de forma perceptible y mejore la atención de una forma continua a través no sólo del uso de la tecnología, sino de la mejora de procesos, automatización de tareas rutinarias, eliminación de tareas irrelevantes o improductivas y en sí de una transformación gubernamental.

La noticia aquí es que todo esto puede hacerse sin tecnología (no en realidad) o más bien, a pesar de la presencia constante de tecnología, esto se debe hacer con cambios a factores más fundamentales y no accesorios. Cambiar la máquina de escribir por una computadora no hace que alguien trabaje más o mejor, ni mucho menos que su trabajo sea de mejor calidad. Hoy muchos gobiernos están llenos de computadoras y les aseguro que no son mejor percibidos por la ciudadanía.

El Gobierno Electrónico ha muerto ante la vulgarización de la tecnología, y no basta con ser electrónico para ser mejor. No basta con capturar documentos para que quien los reciba los imprima, firme, digitalice y envíe su respuesta a quien originó la solicitud. Entonces hay un cambio de factores que si altera el producto, el Gobierno que usa eficientemente la tecnología para mejorar sus procesos genera una mayor percepción de transformación positiva ante el ciudadano.

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El Gobierno Electrónico ha Muerto (o al menos está en vías de extinción)
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