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Recolectar información: una nueva forma de trabajar en este siglo
Recolectar información: una nueva forma de trabajar en este siglo

Recolectar información: una nueva forma de trabajar en este siglo

Base de datos, almacenamiento en la nube y análisis de metadatos son términos y conceptos comunes en la presente era digital, pero que, en palabras llanas, denotan simplemente recolección de datos, almacenamiento, procesamiento y emisión de información. 

Aunque a primera vista pueden parecer procesos exclusivos para iniciados en materia de Tecnologías de la Información y Comunicación (TIC), examinados detalladamente no son sino mecanismos que ya manejaban nuestros ancestros homínidos desde el Paleolítico.

El largo camino de entre dos a cuatro millones de años de evolución, desde los homínidos nómadas recolectores hasta el hombre urbano en la era digital, genera un círculo que se cierra ante nuestros ojos y pone en evidencia que no somos muy diferentes de nuestros predecesores Ramapithecus, ya que seguimos siendo una especie caracterizada por su apetito de recolección. 

Subsistir, crear e innovar

En la prehistoria se recolectaban vegetales para la subsistencia, hoy recolectamos bits (información digital) para alimentar el espíritu creativo e innovador. Así, Chris Anderson en su libro Makers. The New Industrial Revolution (2012) detalla la tendencia actual de los hacedores (makers) para transformar los bits libremente disponibles en la web en átomos, es decir, en nuevos productos tangibles que resultan de conjuntar, de forma innovadora, la información dispersa previamente generada por otros cibernautas, materializados en el taller personal mediante las novísimas impresoras 3D y los cortadores láser.

En aquel muy remoto pasado, la estirpe de los homínidos se bifurcó, dando lugar a dos ramas evolutivas diferentes, pero semejantes en muchos aspectos que coexistieron por otro millón y medio de años: los Australopithecus y los Homos. La estirpe de los Homo, a la que pertenecemos, después de pasar por las variedades erectus, habilis y ahora sapiens, prevaleció en las planicies de Sudáfrica y desarrolló cerebros más grandes y complejos que sus antecesores. 

Además, los miembros inferiores se modificaron para permitir la bipedestación y las manos se tornaron hábiles para construir y usar herramientas; emigraron a Europa y cambiaron sus hábitos alimentarios pasando por el consumo de alimentos duros (nueces, raíces y semillas) y la disputa con los grandes felinos por la carne de los animales que éstos apresaban (o sea, aún eran carroñeros). Luego se convirtieron en cazadores—otra variedad de recolección— al organizarse en pequeñas hordas, primero familiares y después clanes ligados por la necesidad de agenciarse su alimentación y otros medios para su subsistencia.

Conforme el tiempo transcurrió (hablamos de millones de años), el hombre primitivo aprendió a superar sus limitaciones físicas mediante la fabricación de herramientas, mismas que pudo construir gracias a la recolección de información procedente del medio ambiente y de sus experiencias anteriores.

Hace 100 mil años, a finales de la Edad de Hielo, el Homo sapiens inició una larga migración desde el continente africano hacia el norte, donde el clima se tornaba benigno. Nuevamente la recolección y el procesamiento de información relativa a la abundancia de recursos permitieron su asentamiento semipermanente, ya que contaba con medios suficientes para solventar cambios de estación y períodos de escasez.

Posteriormente, en el período de transición del Paleolítico al Neolítico, los habitantes del planeta desarrollaron la pintura rupestre —el primer antecedente de la escritura— con el fin de perpetuar su presencia, sus pensamientos místicos y su experiencia de la vida diaria, es decir, conservar los datos recabados respecto a deidades y ritos adoratorios, así como aspectos útiles de la vida diaria, como lugares y técnicas de cacería, plantas adecuadas para la alimentación y el cultivo, y localización de fuentes de agua. 

Más adelante, esa información fue plasmada en la decoración de templos, tumbas y palacios como pinturas o jeroglíficos. Finalmente, en los 4,000 a.C., surge la escritura en Egipto, Mesopotamia y China, en forma independiente, como medio para preservar y transmitir la información resultante de la recolección de datos obtenidos a través de la tradición, generalmente en posesión de los ancianos.

Alimentando la información

Hace aproximadamente 12 mil años, el hombre aprendió que sólo era posible obtener frutos, semillas y ciertos vegetales algunos meses del año. Por ello comenzó a preferir aquellos productos que podían almacenarse por largo tiempo y que eran resistentes a los cambios ambientales, como el trigo. Además, aprendió —de nuevo recolección de información— a reconocer las especies más adecuadas para su alimentación y controlar su ciclo de crecimiento. 

A fuerza de manipulación, las plantas útiles se hicieron dependientes o fueron domesticadas, y así surgió la agricultura, el gran motor del desarrollo humano. Ésta generó la necesidad de documentar el volumen de la producción y la posesión de tierras y bienes con signos impresos en tablillas de barro. 

En un principio, la producción agrícola se complementaba con la caza de diferentes animales; de ellos el hombre aprovechaba no sólo la carne, sino la piel e incluso los huesos, con los que empezaron a fabricar algunas herramientas. Al igual que con las plantas, la interacción continua de los grupos humanos —consecuencia de la recolección de nuevas experiencias— con algunas especies animales condujo a su domesticación hace aproximadamente 7 mil años a.C.

De igual forma, se empezó a aprovechar la capacidad de ciertas variedades de animales para aportar fuerza al trabajo y el transporte, haciendo más eficientes las labores agrícolas. También crecieron las distancias a las que podían llevarse los bienes para el intercambio, por lo que, gracias a la recolección de información, llegó el comercio con otros grupos sociales y la necesidad de documentarlo con una escritura compleja.

El poder de la experiencia

Con el propósito de mantener la abundante población característica de una ciudad, fue necesaria la búsqueda de entornos favorables con un clima benévolo para el desarrollo de la agricultura y la domesticación, y el aprovechamiento de los animales y sus derivados, condiciones que empezaron a crearse a partir del año 3,500 a.C. en Mesopotamia y Egipto. La recolección de información, derivada de la experiencia, ahora era la responsable de esta nueva modalidad de convivencia.

Para complementar el desarrollo social de los grupos humanos originales surgieron las culturas, comprendidas por el conjunto de atributos y elementos que las caracterizaban, así como su creatividad, otro fruto de la recolección de información. Surgen entonces las Civilizaciones Originarias, de forma autónoma, como una expresión más desarrollada de una cultura. Nos referimos a seis para ser precisos: mesopotámica y egipcia (8,000 a.C.), y china, india, mesoamericana —olmeca— y andina —chavín— (6,000 a.C.).

La evolución de la recolección de datos e información llegó a su culminación en la Edad Antigua con la cultura helénica, fruto de la conjunción de múltiples grupos humanos migrantes de Asia Menor y asentados en la península del Peloponeso a partir del siglo XII a.C. Esa cultura pronto se constituyó en las raíces de las modernas ideas sobre política, medicina, arte, historia y ciencias, gracias al hecho de haber conjuntado información aportada por diversas tribus. 

Le siguió una época oscura, bajo el sistema económico, político y social denominado feudalismo, durante la cual predominaron la pobreza, las monarquías absolutas y la esclavitud, y se consolidaron las grandes religiones (califato musulmán y cristiandad). Este período de estancamiento del conocimiento se caracterizó por grandes migraciones de pueblos enteros, extendidas epidemias e intensa sequía que afectó grandes superficies del planeta y que propició una hambruna generalizada. 

A partir del siglo XV d.C. se produjo el resurgimiento de la cultura y las ideas que generaron nuevos conocimientos, innovación y progreso, un impulso que continúa hasta nuestros días y de cuyos frutos disfrutamos hasta la actualidad.

Nada nuevo bajo el sol y mucho aprendizaje

La generación espontánea no existe y lo demostró Louis Pasteur en el campo biológico a mediados del siglo XIX, siguiendo los pasos ya sugeridos en los trabajos previos de Spallanzani y Balard, y Antoine Lavoisier en el campo inanimado al enunciar en 1785 la Ley de la Conservación de la Materia: “En una reacción química, la masa se conserva, esto es, la masa total de los reactivos es igual a la masa total de los productos”, ley que el folclor popular simplificó con el enunciado “Nada se crea ni se pierde, sólo se transforma”.

Este principio también es válido para el trabajo intelectual en tanto que un nuevo concepto es el resultado de enunciados previos, como lo demuestra el hecho de que incluso una de las mentes más brillantes del mundo científico contemporáneo, Albert Einstein, partió de conceptos previamente elaborados por Newton, Robert Brown, Poincaré, Boltzmann, Maxwell, Michelson y Morley, Plank, George Fitzgerald y Lorentz, entre muchos otros. 

Este proceso creativo de aprovechar la información y el conocimiento previo no le quita mérito al autor, ya que habiendo estado disponible ese conocimiento en el medio científico, se requirió de un genio creativo que utilizara adecuadamente las partes y produjera algo nuevo, innovador y diferente, algo que ninguna otra persona había hecho. Ello confirma lo que, según las Sagradas Escrituras (Eclesiastés 1:9), el rey Salomón sentenció: “No hay nada nuevo bajo el sol”.

Para el Doctor Héctor García Molina, Jefe del Departamento de Ciencias Computacionales de la Universidad de Stanford en California, “antes los datos eran usados para confirmar una hipótesis; ahora los investigadores analizan los datos para determinar patrones y tendencias que conduzcan a nuevas hipótesis”, lo que quiere decir que se recolectan datos para que, de su análisis, se generen nuevos conocimientos.

La actividad de recolección de información ha sido un proceso continuo que ha engendrado evolución, diferenciación y desarrollo de la especie humana, al generar el conocimiento suficiente para su progreso. Sin entrar en discusiones filosóficas y ontológicas, la recolección puede definirse, en forma simplista, como el hecho de recoger cosas dispersas o como el proceso de obtener datos del entorno para lograr una información útil. Ésta se encuentra representada por un conjunto organizado de datos procesados que constituyen un mensaje, mismo que cambia el conocimiento del sujeto que recibe el mensaje. 

O, dicho de otra manera, la información es una estructura útil que modificará sucesivas interacciones del sujeto que posee dicho cúmulo de datos con el entorno.

Además, el individuo puede obtener la información a través de diferentes mecanismos, los que en la evolución de la humanidad han constituido un proceso continuo y permanente de aprendizaje, evolución y progreso. Cuando la escritura se creó, fueron los documentos físicos los que proveían, difundían y conservaban la información (tablillas de barro, papiros, códices y finalmente libros, dando lugar a las bibliotecas). 

Hoy podemos hablar de la escritura electrónica o digital con cintas, discos y medios de almacenamiento externo, la red (web), la nube (cloud), las redes sociales y los blogs especializados, con los que es posible obtener, procesar, compartir, transmitir y almacenar información y conocimientos desde cualquier lugar del planeta y por cualquier usuario que disponga de los medios necesarios (computadores y conexión a internet).

Conocimiento y progreso que no se detienen

El conocimiento y la información derivados de la recolección de información previamente lograda ahora se puede obtener a través de educación presencial o a distancia, de publicaciones impresas y electrónicas, de centros de documentación o bibliotecas, de archivos particulares o en centros de investigación, y mediante la consulta directa con especialistas en las redes sociales. A pesar de la complejidad alcanzada, todo el proceso es, a fin de cuentas, fruto de una permanente y continua acción de recolección llevado a cabo por el Homo sapiens a través de los últimos 102 mil años de evolución.

Como enfatiza el periodista y analista Thomas Friedman (2005), el mundo es plano (y así se titula un libro suyo). Lo que este autor llama “la plataforma de aplanamiento” es el producto de la convergencia de la computadora personal (que permite a cada individuo ser el autor de su propio contenido en forma digital) con el cable de fibra óptica (que rápidamente permitió que todos esos individuos tuvieran acceso a más y más contenido digital alrededor del mundo), además del creciente uso del work flow software, el cual faculta a los individuos de todo el planeta a interactuar y colaborar sobre el contenido digital, sin importar dónde haya sido generado o la ubicación de los participantes, su nivel social, raza o religión. 

De esta manera, todos los individuos tienen la misma oportunidad de colaborar y compartir con otros, y no sólo competir. 

La visión de Friedman sobre lo que está sucediendo en el siglo XXI se consolida con un señalamiento complementario: “El aplanamiento del mundo significa que ahora hemos conectado a todos los centros de conocimiento del planeta en una sola red global, lo cual puede anunciar una era de prosperidad, innovación y colaboración entre compañías, comunidades e individuos”.

De lo aquí expuesto, se puede concluir que la actividad recolectora, con que despectivamente caracterizamos al hombre primitivo, perdura hasta nuestros días (con poderosas herramientas tecnológicas) y es fuente inagotable de conocimiento, innovación y progreso. 

Por ello, consideramos que dentro del proceso educativo debe imbuirse en los jóvenes el apetito por la recolección de información y su aprovechamiento, actividad que siempre ha generado avances en la sociedad.

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