Para hablar de sistemas inteligentes que no provengan de la empresa o el gobierno, sino desde los ciudadanos, es necesario explorar por qué el furor y qué pasa en la sociedad con esta invasión que, como ola, nos baña en cada conversación o medio de entretenimiento bajo el término Inteligencia Artificial.

Esta oleada va inundando el imaginario colectivo con robots y sistemas que se sitúan desde escenarios utópicos hasta los distópicos; en este devenir que se asemeja a un tsunami, todos hablan de Inteligencia Artificial, pero pocos tienen una posición definida sobre qué es la inteligencia y cuál es el atributo específico que la hace artificial.

En la actualidad, muchos de los profesionales de IT confunden el uso de sensores y activadores con sistemas inteligentes, así como los alcances de una Inteligencia Artificial general con ejemplos de sistemas inteligentes específicos.

Entonces, antes de hablar de ciudadanos, haré un alto simple, pues considero necesario explorar lo difuso de la palabra inteligencia y con ello demostrar que muchos profesionales no tienen la pálida idea de dónde están parados respecto a los sistemas inteligentes, mientras se dedican a comprar o desarrollar quimeras.

¿Qué es ser inteligente?

No es actual esta preocupación, sino que ha cobrado intensidad en los últimos dos siglos, en paralelo al nacimiento y fortalecimiento del capitalismo. Con la irrupción en 1951 de Allan Turing preguntando si un equipo podía llegar a ser inteligente y la posterior afirmación de esa posibilidad con John McCarthy en 1955, al proponer el término Inteligencia Artificial fueron arrebatadas las respuestas a lo planteado al inicio del párrafo, lo cual previamente era campo exclusivo de las ciencias del comportamiento y la filosofía.

Es entonces cuando, en plena guerra fría de mediados del siglo XX, empieza una interacción notable entre diferentes científicos de campos que hasta ese momento no existían o parecían lejanos. Dichas vinculaciones son el inicio de una cooperación para definir inteligencia e incluso para cuestionarnos si los humanos somos los más inteligentes y poseedores de esa rara característica.

Destacan visiones opuestas donde el centro de la tensión es conocer el punto en que un artefacto se convierte en inteligente y un humano deja de serlo, por ejemplo, la del filósofo Gilbert Simondon con sus trabajos sobre el modo de la existencia técnica de los objetos; desde las ciencias de la computación con la creación de la cibernética desarrollada por Arturo Rosenblueth (mexicano iniciador de este tipo de trabajo y que en las citas ha desaparecido, igual que en la memoria de la comunidad mexicana de computación); y en Norbert Wiener como resultado de la propuesta para el control y la comunicación entre el animal y la máquina.

Así, la inteligencia humana coexiste desde el siglo XX con una inteligencia creada, no evolucionada por mecanismos de selección natural. Este desarrollo es la respuesta a la creación del moderno Prometeo que desde el siglo XIX inquietaba a Mary Shelley. La tarea de explicar cómo somos inteligentes es hoy, por fortuna, resultado de la interacción de muchas ciencias que aportan al entendimiento y modelado sobre la forma en que podemos serlo o no.

Las inteligencias animales, entre ellas la humana, son resultado de millones de años de evolución, pero la Inteligencia Artificial apenas lleva poco más de 60 años de ser desarrollada.

Aquí hablo de dos tipos de Inteligencia Artificial (IA): la general y la específica. Quiero ampliar un poco más las diferencias entre estos conceptos que nos llevarán a platicar de los sistemas inteligentes para atender al ciudadano desde el ciudadano.

Las dos Inteligencias Artificiales

Empecemos por la IA general que tiene como objetivo desarrollar sistemas que pueden aprender a planear y ejecutar actividades en ambientes no lineales y no determinados previamente; es similar a lo que hacemos cada día. De ahí surgen las ideas de aprendizaje de los equipos y otras líneas de investigación, incluso la propuesta del desarrollo de sistemas tipo SELF (forma de vida autocontenida, autodefinida y con cierta conciencia), entre algunos de los proyectos más publicitados.

Estos sistemas de IA general se identifican en películas y en literatura de relatos de anticipación como el corazón y cerebro de los robots que piensan, tienen conciencia y toman decisiones, de acuerdo a un marco ético moral aprendido de su creador, el cual, en un momento dado, podrán refutar y hasta transgredir. Es un error pensar que todos los robots son inteligentes y que todos los sistemas inteligentes son antropomorfos o cacharros autónomos en movimiento.

En cambio, la Inteligencia Artificial específica es el desarrollo de sistemas que también razonan, aprenden e interactúan con el humano, pero sólo en un campo particular, sin tener conciencia de los entornos ni de otros problemas a solucionar.

Éstos son los sonados casos de Sofía, Watson y demás sistemas que se baten en batallas de Jeopardy, Go y ajedrez, o en su defecto interactúan con humanos en situaciones específicas, como los asistentes personales de mayor popularidad que se llaman Siri, Alexa y Cortana, precisamente con nombre de mujer (sesgo de misoginia y esclavitud) y con un patrón predeterminado que responde siempre de la misma forma, situación que se presenta también en los videojuegos o en la toma de decisiones de los autos autónomos en el nivel en que actualmente se encuentran.

En los dos tipos de IA, la inversión va directamente proporcional al problema que se desea resolver. Los grandes corporativos o centros de investigación no invierten para desplazar una fuerza laboral barata, es decir, no desplazarán albañiles o gente de servicio, pero sí ala fuerza que produce conocimiento como médicos, abogados, ingenieros y los propios programadores de sistemas. Por ello, la inversión en sistemas inteligentes desde el gobierno (que permitan atender al ciudadano), se ve complicada, ya que sigue siendo más barato un humano y también más manipulable.

Para atender al ciudadano

Resulta imperioso reflexionar sobre qué podemos hacer los ciudadanos para ser atendidos por un sistema que, obedeciendo las directivas que Isaac Asimov planteó como leyes del comportamiento de los robots (expresadas en su relato de anticipación titulado Yo, Robot), nos atienda sin corrupción y sin desviaciones éticas, habiéndose ya dado casos como el sistema de justicia de Cleveland (Ohio, Estados Unidos) que se basaba en estrategias de IA específica, aunque tenía tendencias de supremacismo blanco (a los morenos les aplicaba sentencias más duras que a los caucásicos), o también el caso de una cadena comercial que determinaba el precio de los productos según la zona y el cliente.

En los sistemas inteligentes que el gobierno use desde la ciudadanía, debemos poner atención y cuestionar:

  1. Cuáles son los sistemas de creencias con los que se va a aprender y a partir de ahí crear juicios para la planeación o la toma de decisiones.
  2. Cómo tratarán no sólo los datos sino los patrones de comportamiento de los ciudadanos, pues esto puede convertirse en un sistema vigilante y hasta en un estado fascista.

La propuesta de este artículo es simple porque, antes que el desarrollo de los sistemas digitales, exige la creación de sistemas humanos en la comunidad, donde las computadoras de las casas estén conectadas a través de redes comunitarias ciudadanas que permitan contar con gran poder de cómputo y crear sistemas de IA específicos, en campos que ayuden a tener una mejor calidad de vida.

Hablamos, por citar ejemplos, de los requerimientos de cada individuo de la comunidad respecto a la educación que necesita, o de recabar datos y procesar los patrones de cada miembro al tirar basura, a fin de poder negociar la recolección, venta, reciclaje y desecho definitivo, con estrategias más cercanas a los entornos naturales de la localidad, de tal manera que se reduzca el impacto sobre el ambiente.

Antes de llegar a tanta sofisticación, hoy se pueden emplear sistemas simples de inteligencia humana como mandar una foto del bote de basura lleno para que el recolector pase por él; en esta acción no se requirió ningún sensor, bases de datos, estructuras o servidores Hadoop, ni dispositivos inteligentes de la generación del Internet de los Objetos.

Estos simples ejemplos pueden aplicarse en un sistema inteligente humano antes de contar con uno artificial altamente tecnificado, lo que nos lleva a la máxima de automatizar lo que ya funciona y, por añadidura, a la mejora en la atención de la comunidad desde la misma ciudadanía.

Los sistemas ciudadanos basados en Inteligencias Artificiales específicas deberán estar fundamentados en los problemas que enfrentamos como sociedades de este siglo, como la administración y autosustentabilidad de las redes de energía, el transporte, el comercio justo y la distribución del agua, sólo por mencionar infraestructuras que, a la par de la de cómputo y comunicaciones, son necesarias para un desarrollo humano adecuado.

El reto es grande y la alienación de las comunidades es mucha. Dejemos de vivir en la sociedad gaseosa del entretenimiento: actuemos poniendo Inteligencia Humana a nuestros problemas y después hagámosla artificial, la cual tomará su propio camino, muy diferente a nuestra forma de pensar.

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Sistemas inteligentes para atender al ciudadano desde el ciudadano
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