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Coche

¿Quién conduce ese coche? El hombre frente a la máquina

Esto no es una noticia, sino una auténtica clase de filosofía: en una decisión interesantísima, la National Highway Transportation Safety Administration(NHTSA) ha comunicado en una carta a ChrisUrmson, Director del proyecto de vehículo autónomo de Google, que el conductor de un coche autónomo es el ordenador y el software diseñados para ello. Por tanto, las provisiones que supuestamente obligaban a los vehículos autónomos a circular siempre con un conductor humano en su interior o a poseer controles accionables por una persona tales como pedales o volante son consideradas innecesarias. A todos los efectos, el ordenador y su software satisface todos los requerimientos para ser considerado “un conductor humano”, una decisión sin duda importante incluso desde un punto de vista filosófico.

La decisión marca un momento fundamental en la evolución de la máquina frente al hombre, y en los planes de Google para poner en el mercado la tecnología capaz de sustituir al hombre a los mandos de un vehículo. Las cuestiones que subyacen tras la decisión son todavía más interesantes: las razones que Google esgrime para eliminar la necesidad de pedales o volante en un vehículo autónomo son que su existencia podría resultar peligrosa para la conducción, por la posibilidad de que el pasajero pudiese tratar de accionar esos controles. Es decir, que Google puede garantizar la seguridad del coche mientras es el ordenador el que lo opera, pero que si los torpes humanos que van en su interior deciden accionar los pedales, el volante o el freno de mano, ya no se puede garantizar nada. Si queremos que el vehículo autónomo sea realmente seguro, debemos eliminar toda posibilidad de que el ser humano pueda molestar a la máquina en la tarea de conducirlo.

La evolución de este tema sigue lo que en muchas ocasiones he comentado en discusiones en este sentido: durante varias décadas, las personas rechazaban subirse a un ascensor si en su interior no había un ascensorista, una persona que llevaba a cabo la absurda tarea de darle a los botones. No servía absolutamente para nada, su presencia era completamente absurda, no podía hacer nada en caso de accidente, y su existencia estaba simplemente justificada para tratar de mitigar la ansiedad que los usuarios sentían si la máquina funcionaba “sin intervención humana”. Tardamos muchos años en entender que el ascensorista no jugaba en realidad más papel que el servir de placebo mental, y eliminarlo. ¿Cuánto tiempo tardaremos en subirnos con tranquilidad en un vehículo autónomo en el que simplemente vamos como pasajeros y carecemos de cualquier capacidad de interferir con la conducción?

La decisión nos pone cada vez más en la situación de aquel chiste que contaba que para dirigir una nave espacial eran necesarios un hombre y un perro: un hombre para alimentar al perro, y un perro adiestrado para evitar que el hombre tocase ningún control en la nave. La agencia norteamericana decide que el ordenador y su software son legalmente el conductor del vehículo, y Google afirma que para garantizar la seguridad, mejor que el hombre se limite a su papel de pasajero pasivo.

Estamos ante un momento importante en la definición de las relaciones entre hombres y máquinas. El gobierno norteamericano se alinea con las empresas tecnológicas con el fin de reducir el número de víctimas en las carreteras, y decide que es mejor que la tarea de conducir sea desarrollada por ordenadores y programas, de manera autónoma, sin participación de los usuarios, que quedan limitados al papel pasivo de ser transportados. Durante muchos años, muchos aún creerán que están más seguros si pueden, en un momento de emergencia, tomar los controles de un vehículo, pero la realidad y las decisiones tanto de quien lo fabrica como de quien dicta las normas y el marco legal para su operación afirman que ya no es así. Que cuando subamos a un coche autónomo, estaremos completamente en manos de una máquina que ve mejor que nosotros, tiene más reflejos, no bebe, no se distrae, no se cansa y no se pica con el conductor de al lado… y que nuestra ausencia total de control es ni más ni menos que por nuestro bien, porque como humanos, tenemos cierta tendencia a equivocarnos o a ser impredecibles. Que nos estemos quietecitos, que es mucho mejor que no tratemos de conducir, porque somos mucho peores llevando a cabo esa tarea que la máquina que hemos diseñado para ello.

Esto se pone cada vez más interesante.

Este artículo se publicó primero en el sitio de Enrique Dans.

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